El Dr José Luis Cabouli, un cirujano argentino, residente en mi tierra, especializado en sanar los traumas que el alma vive a través de las vidas, nos comparte, en sus libros y cursos (terapia de vidas pasadas; TVP) todos los detalles para liberar el alma de las situaciones dolorosas por las que pasa a través de sus múltiples experiencias a través de las diferencias existencias.

El alma humana vive en una realidad fuera del tiempo lineal con el que nos relacionamos desde la mente humana.

El alma vive siempre en el ahora, de modo que ante un suceso traumático que pueda acontecer en la vida de uno, la conciencia de esa alma queda atrapada y esa carga de dolor permanece ahí, para siempre, en esa experiencia inconclusa, hasta que se libere de manera consciente con el trabajo consciente en terapia.

El trabajo de Cabouli se basa, igual como hemos estado trabajando en Desprogramación Biológica con sucesos de nuestra vida o gestación, en llevar a la consciencia aquello que yace escondido en los limbos del inconsciente.

Todo suceso doloroso e intenso está cargado de gran cantidad de dolor en la forma de varios tipos de emociones, de pensamientos que buscan una solución, de apegos, de deseos, etc.

Podemos encontrar básicamente dos aspectos a liberar:

1. La carga emocional: en la medida que esa carga va siendo más intensa, algo de nosotros, de nuestra alma queda atrapado en ese incidente. En esos eventos nuestra alma puede perder su energía vital y puede llegar a fragmentarse.

2. La creencia, decreto o estructura mental que se construyó ante ese dolor tan fuerte, la manera como nuestra mente reacciona ante la situación de dolor terrible.

Estas creencias se graban en ese momento y van a condicionar tu vida de manera significativa llevándote a vivir una vida de dolor, de sinsentido, de enfermedad, con patrones repetitivos sin fin.

Estas creencias y decretos los encontramos en esos episodios de dolor en la forma de decretos, mandatos, promesas, pactos y maldiciones.

Los Mandatos:

Los mandatos son atemporales. Son ordenes o preceptos que uno se impone a si mismo: se expresan como afirmaciones que pueden ser positivas o negativas. Un ejemplo positivo: “voy a sobresalir en los estudios para que papá me quiera” o negativo: “No voy a confiar más en los hombres”

Esos mandatos pueden quedar ahí en el inconsciente por vidas, asumidos como propios: “Me merezco lo peor”, ”nunca lo conseguiré”, “no valgo nada”, “no vale la pena luchar”.

En este tipo de creencias, encontramos todos los mandatos que decimos los padres a nuestros hijos. Estos hasta los 7-9 años registran todo en el inconsciente, directamente.
Ej “Eres un demonio”, “Eres un inútil”, “ No puedo contigo”, etc.

Se mantienen activos mientras no se hayan llevado al consciente.

Las Promesas:

Se parecen a los mandatos en cuanto en que se almacenan en el inconsciente condicionando así la vida de la persona, pero aquí queda implicado el consciente en el momento de construirlas, así como la voluntad y la energía de la persona. Son igualmente atemporales.

El problema de la promesa es que las situaciones de vida cambian y aquello que se prometió como algo sublime en un momento contextual concreto puede ser letal en otro espacio-tiempo del alma.

Por ejemplo la promesa de amor eterno con alguien. Puede estar impidiendo que hoy tenga relaciones sanas de pareja.

Otras Promesas: “Me entrego a Dios”. “Renuncio al dinero”, “Renuncio al placer de la carne”, etc.

Los Pactos:

Son contratos o convenios con alguien más donde las partes se comprometen a hacer o cumplir con algo.
El pacto es un acto voluntario dónde queda comprometida nuestra voluntad, energía y nuestro poder.

Si entregamos nuestra voluntad y nuestro poder a Dios, a un maestro o una fuerza superior o desconocida, como el diablo, ya no podemos obrar por nosotros mismos, renunciamos a ser los gestores de nuestras situaciones y nuestra vida.

Para anular un pacto o una promesa hay que tomar conciencia de los efectos dañinos que estos generan en nuestra vida.

Hay que volver al momento que se construyó esa promesa o pacto y pasar primero por el fin de esa vida, luego volver a ese momento y anularlo. Siempre que el consultante quiera, esté dispuesto.

Las Maldiciones:

La maldición es un intenso deseo de que suceda algo a una persona. Es igualmente atemporal, de modo que una maldición seguirá vigente eternamente mientras no se lleva a la conciencia y se anule. Actuarán como una limitación importante en la vida de la persona. Es mucho más letal porque contiene la voluntad consciente de hacer daño a la persona a la que va dirigida.

Podemos maldecir a otros, a nosotros mismos o ser víctimas de las maldiciones de otros.

Seguramente una de las peores maldiciones es la de un padre a su hijo/a: “Maldigo el día que te concebí!, te niego como mi hijo” es una fuerza muy negativa que no solo va a impactar en la vida de ese hijo o hija sino en su descendencia, durante varias generaciones dificultando la prosperidad y la alegría.

La maldición tiene un doble efecto negativo sobre la persona a la que va dirigida pero también hacia la persona que la formula. Encontraremos maldiciones en forma de venganza en víctimas de la inquisición, brujas quemadas en la hoguera o prisioneros torturados, etc.

La Maldición de Jacques de Molay

Y quiero terminar este artículo, recordando la maldición más importante de toda la historia de la humanidad:

La maldición de Jacques de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como los Templarios, que acusado injustamente de delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz, de adorar al diablo en la forma de Baphomet y de ser homosexual, fue llevado a quemar en una hoguera, en leña verde, por el papa Clemente y por el Rey de Francia, Felipe IV.

Jacques de Molay, viendo como prendía la mecha maldijo en voz alta, al Rey y al Papa pronunciando estas fulminantes palabras que sobrecogieron a todos los presentes:

«Clemente, y tú también, Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios! A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año».

Y esas palabras emitidas desde conciencia de este gran hombre y sostenidas por la voluntad de los familiares y amigos de los 113 caballeros que junto a él murieron en la hoguera por orden del Rey de Francia se cumplieron al pié de la letra, ambos Rey y Papa, fallecieron antes del año.

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