Quirón o la herida incurable

El alma humana tiene múltiples caras, tiene sus vórtices, sus recovecos. Y uno de los aspectos más profundo es la “herida” a la que Quirón nos somete.

Cualquier buen astrólogo te dirá dónde está tu herida, tu Quirón, en tu cielo, el día que naciste, acribillando tu relación de pareja, tu cuerpo, tu relación con el dinero, tu creatividad, etc.

Pero ¿quién es Quirón?

Quirón es un aspecto del alma y es un planetoide que da vueltas alrededor del sol, entre Saturno y Urano; entre los planetas interiores y los planetas exteriores.
Pero Quirón también es un personaje de la mitología Griega: un ser con cuerpo de caballo, torso de hombro e hijo de un Dios, lo que le daba una condición inmortal.
La historia de Quirón empieza con un tema de infidelidades. Cronos – quién mutiló a su padre y que a su vez sería mutilado por sus hijos- volaba por las islas griegas y se enamoró de una muchacha no humana, una Deva, un espíritu del bosque, una ninfa llamada Filira. Esta se dio cuenta que trataba de ser seducida por un hombre casado, en este caso un Dios, esposo de Rea, diosa de la tierra, y escapó convirtiéndose en yegua y se quedó pastando en un hermoso prado. Pero el astuto Cronos se convirtió en una suave lluvia y la poseyó larga y calmadamente.
De esa “violación” nació un Ser inmortal por ser hijo de un dios; mitad hombre y mitad caballo: un centauro, al que llamaron Quirón.
Quirón fue abandonado por su padre, porque tuvo que esconderse de la ira de su esposa Rea y por su madre Filira que, horrorizada de haber parido un ser tan monstruoso, se convirtió en un árbol de tilo; evadiendo el conflicto de tan horrenda maternidad.
Así nace una herida, como el rechazo, el abandono, la exclusión, la traición o la injusticia. Una herida que queda abierta para siempre en el alma.
Pero sigamos con Quirón. En aquella época los centauros y las Centáurides eran unos seres terribles que vivían en la cima del monte Pelión y se las vivían aterrorizando a los humanos; violando, quemando, saqueando, destruyendo.
En una de estas luchas donde los héroes griegos fueron a defender a esos desdichados pueblos en el valle de dicho monte, Heracles disparó una flecha envenenada con la sangre de la Hidra y por equivocación se clavó en el cuerpo de Quirón. Quedando mortalmente envenenado, sin poder morir. Era inmortal.
Esta es la característica de esa herida: era incurable y tuvo que vivir con ella eternamente.
Afortunadamente, desde el dolor mortal que padecía, Quirón trató de curarse y desarrolló el arte y la ciencia de la medicina y ayudó a sanar la humanidad en gran manera. Los Dioses del Olimpo se apiadaron de él y lo subieron al Olimpo a descansar, transfiriendo su inmortalidad a Prometeo.
Quirón nos enseña que hay un aspecto de nosotros mismos que es una herida indisoluble, con la que tenemos que aprender a vivir toda nuestra vida.

Quirón nos recuerda que siempre tendremos un aspecto animal, limitando nuestro tránsito por la experiencia humana. ¿Y qué sentido tiene todo esto, ustedes me preguntarán?
Quirón como planetoide, decíamos, está situado entre los planetas exteriores (encargados de influenciar los colectivos a través de las generaciones) y los planetas interiores que ejercen influencias sobre los individuos. Eso significa que esa herida nos permite trascender nuestra egocentricidad llevándonos a empatizar con el dolor ajeno, nos lleva a despertar a la compasión hacia los que sufren, nos lleva a crecer y a evolucionar como almas al expandir nuestro yo individual para convertir nuestra percepción individual en consciencia colectiva. Nos lleva a transformarnos; como consecuencia de aceptar con humildad ese dolor en nosotros, a aceptar la condición limitada de ser un humano.

La “herida” es nuestro Quirón.

¿ Y tu, ya sabes entonces dónde está tu Quirón?

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